En Abril de 2008, María Eugenia Pardo escribió en su blog “Se habla venezolano“, una reseña de lo que fue un baile en Miami. Lo copio a continuación porque recoge el sentimiento de muchos cuando comienza un baile con nuestras queridas orquestas; y más si las escuchas lejos de casa…
Curruchá curruchá
En mi Caracas natal, yo crecí siendo socia de un hermoso club de inmigrantes provenientes de las Islas Canarias. En su Salón Principal, asistí a muchas fiestas espectaculares (incluyendo la de mis Quince Años) por lo que puedo decir con orgullo, que en el Salón Principal del otrora “Club Paraíso”, rumbeé bastante desde pequeña. Yo tenía más de 30 años asistiendo a las fiestas del Hogar Canario Venezolano todos los años y siempre me llamó la atención lo que ocurría cuando la Orquesta arrancaba su set con castañuelas y sabor a zarzuela al son de: “no hay tierra como la mía, ni raza como mi raza… Islas Canarias, Islas Canarias”. Allí, los amigos de mis padres apelaban por sus pañuelos porque se les ponían los ojos chiquitos de la nostalgia.
Cuento esto, porque la semana pasada asistí a la Gran Gala Bailable a beneficio de la Clínica Venamher de la Hermandad Venezolano Americana, gracias a “En Boga”, el programa de mi amiga Lucía Tovar en 1210AM; con la presentación de las dos orquestas de las grandes fiestas de mi país: La Billo’s Caracas Boy’s y La Melódica de Negui Capriles, hija de Renato Capriles – director de Los Melódicos. Fue un baile hermoso, muy bien montado y con un alto sentido venezolano que me conmovió desde que llegué al Hyatt Regency del Downtown… Luego de una buena cena, la sobremesa acompañados por mi querido Orlando Urdaneta y la presentación de Bryan – tenor venezolano que dará mucho de qué hablar- comenzó el set de La Melódica con “Guitarra Española”. Caracha negro, se me removió hasta la última fibra venezolanísima que tengo en mi cuerpo. Pasaron por mi mente todos y cada uno de los bailes en los que el Papá de Negui, nos hizo bailar desde que yo era una niña. Y lo confieso, se me aguó el guarapo. Luego de una pausa de rigor, arrancó la Billo’s. ¡Con Elio y todo! Qué emoción. Cuando se escucharon los primeros acordes, la concurrencia en pleno se puso de pie y se dirigió a la pista de baile. Íbamos como hipnotizados, como caminando sobre nubecitas al sonar instrumental de “Bella Caracas, Ciudad Hermosa, tu eres reina la cuna del Libertador”… Y al que estaba aguarapeado, se le quebró la vajilla; porque mis lágrimas fueron acompañadas por las de muchos de mis paisanos que sintieron esa brisa fresca del Ávila en las mejillas rosadas de la emoción. Santo Dios. Qué diferente fue bailar con las Orquestas en Miami. Cada canción tenía un sentido especial, cada frase evocaba un recuerdo distinto, un momento hermoso, alguna pelea, el día de la Graduación, el día de nuestro matrimonio, el matrimonio de mis hermanitos, las fiestas de los amigos y las fiestas del club…De las lagrimitas pasamos a un frenetismo que nunca había sentido, porque de verdad nadie quería que se acabara la noche. Y aparecieron caras y emociones con “Mi Cocha Pechocha”, “Silverio Pérez”, “Yo quiero ser como Ariel”, una “Noche de Ronda” impecable (lo confieso, primerísima vez que el Catire Bello y yo bailamos bolero en 20 años), “Valencia”, “Caminito de Guarenas”, “Apágame la vela”, “Piano Merengue”, “Amparito”, “Chipichipi”, “Se va el Caimán”, “Mambo Nº 5” y otros tantos temas que nos hicieron mover el esqueleto al sabroso son del merengue, la guaracha, el pasodoble y la cumbia, con esa mezcla de auténtico son caraqueñísimo que dejó huella en todos los que estábamos allí.
… Allí estaba yo, a cientos de kilómetros, en otra tierra, con otro aire, con otra gente, con mi Catire Bello de la mano, entendiendo muchos años después, el por qué de sus lágrimas, de su euforia y de esa necesidad enorme de preservar sus costumbres y sus recuerdos en una tierra, que aunque los adora, no era la suya o la de sus padres. Como se dice en Venezolano: “amo, lloro, canto, sueño”. Y esa noche ame canté, lloré, bailé y soñé. Soñé con estar en mi Caracas, con entrar al Salón Principal de mi club y que me hicieran mi foto de siempre, soñé con la Venezuela bonita de la que me vine, y la que lamentablemente, se me perdió. Pero esa noche entendí que ahora, soy yo la que vive a la distancia y quien saca el pañuelo cuando escucha el son de Venezuela en una fiesta. Soy quien baila a lo lejos con el sabor caraqueño que llevo en el alma y en la sangre … “es que yo quiero tanto a mi Caracas, que mientras viva no podré olvidar, sus cerros, sus techos rojos, sus lindos cielos, las flores de mil colores de Galipán…” Gracias Don Billo. Gracias Don Renato. Gracias Muchachos, por ser la melodía de mis recuerdos… de las garzas, de las rosas y del Sol. Tan tán.












































