No recuerdo a un sólo compañero de la “Promoción 81” de mi colegio que no se sintiera un poquito “Renato” cuando íbamos a los bailes o cuando ensayábamos una fono mímica de “Los Melódicos” que nunca logramos llevar a escena. Vienen a mi memoria Ramírez, García y Hernández, aún adolescentes, peleándose por ubicarse frente a la sección de saxos (elaborados en cartón) para marcar la entrada y ejecutar los movimientos de su histriónica recreación del maestro Capriles.
Al final votamos por García para que representara a Renato, porque tenía el swing y la estatura. Montamos “Yo quiero verla” y “Apágame la vela”, pero cuando nos prestaron los instrumentos de la banda musical del colegio, comenzaron nuestros problemas: Teníamos únicamente tres saxos (habíamos ensayado con cinco) la banda del Colegio Salesiano no contaba con tumbadora y, para colmo, nadie nos aceptó el rol de la intérprete femenina, por lo que preferimos no ejecutar una mala imitación de “la que impone el ritmo” y así evitábamos el abucheo del resto de compañeros.
Por aquella época, “Los Melódicos” eran tema obligado. En las fiestas de las quinceañeras del 78, era común que los muchachos coincidiéramos vestidos al estilo “bocadillo”, como le decíamos a la moda impuesta por nuestro melódico ídolo carabobeño, que resultaba de combinar las chaquetas a cuadros con pantalones oscuros y corbatas a rayas. Sólo algunos lograban rubricar el estilo muy personal de Renato, enmarcando su rostro con unos muy “heavy” anteojos de carey.
Recuerdo que cuando salió al mercado “Con todos los hierros”, la foto de la carátula nos sirvió a muchos como referente de la moda de mediados de los setenta. Todavía imberbes, nos engominábamos la melena y la peinábamos de medio lado para adoptar una pose como la de Renato en el mencionado disco. Pero tres años después, cuando ya sentíamos que habíamos dominando el look, nos desafió el publicista Drago, desde Miami, con esa dramática fotografía del maestro levantando ambas manos para dirigir su banda, luciendo su antológico anillo azul cobalto y oro – así descrito, como si se tratara de un traje de luces -. Un Renato menos circunspecto, una foto menos estudiada que la de 1973, más espontánea, pero contundente. Para estar a tono, tuvimos que conseguir un anillo igual al de “Marcando el Ritmo” y, definitivamente, lavarnos la brillantina.
Luego vinieron carátulas y contra carátulas que nos pusieron a recorrer a las tiendas: Cuando salió el disco “La Orquesta”, en 1987, Renato relanzó los chalecos en dril de cuatro bolsillos cuando ya muchos se los habíamos regalado a nuestros sobrinos. Por supuesto, nos tocó recuperarlos para lucir como exploradores. Y cuando creíamos que lo habíamos visto todo, viene la espectacular foto en sepia del álbum de los seis compilados de Velvet del 50 aniversario en donde el maestro sale en plano americano, cruzado de brazos y con actitud ganadora. Semejante “distancia y categoría” en cuestión de moda – como decía Gilberto Correa – sólo es comparable con la elegancia de su ídolo Glenn Miller.
Renato Capriles ha sido referente de la moda masculina, la música, el carácter, la gerencia eficiente y la visión para los negocios; y en ese sentido, ha impulsado la carrera de otros que tuvieron contacto con él. Debido a su propio talento – pero también al hecho de haberse dado a conocer a través de la Big Band de América -, hoy tenemos memoria de “adolescentes” como Sócrates Cariaco y Jesús Alberto Ochoa, merengueros como Roberto Antonio, Liz y Diveana; cumbiamberos y guaracheros como Gustavo Farrera y Perucho Navarro, aún vigentes, y boleristas como Oscar Santana, quien su carrera en solitario fue impulsada por sus antecedentes como interprete en “La que impone el ritmo”.
Un ejemplo de la indeleble huella melódica y del fenómeno Capriles es Verónica Rey, quien no sólo no ha conocido reemplazo desde 1976, sino que sigue más ligada al recuerdo de Los Melódicos que al de Los Solistas ó La Tremenda, sus dos últimas orquestas de planta. Todos reconocemos los temas que interpretó Verónica con la orquesta de Capriles, pero muchos tenemos que hacer un esfuerzo para recordar con exactitud todos los temas que grabó con la orquesta de José Silva.
Y ni hablar del referente musical que sigue siendo Renato Capriles. El haberle encargado varios discos a Luis Alva en los años 90 y sus arreglos a innovadores que modernizaran el sonido, dejó en claro que él y su equipo son personas con visión de empresa. Sin la intención de contradecir a quienes de buena fe consideran que en la música todo es un acto de amor, yo si creo que Renato supo reenfocar su orquesta en el momento indicado para permanecer vigente y productivo. Tanto así, que fue referente para otras orquestas, como la Billo´s Caracas Boys, que tuvieron que transformar su sonido grabado para ajustarse a los nuevos tiempos. Si fue afortunado o no para ellos, ese es otro tema.
¿Visión, disciplina, temple, arrojo? No lo sé. Renato Capriles ha dado muestras de todo ello durante más de cincuenta años. Pero para ser icono y permanecer en el recuerdo y evolucionar con los tiempos, hay que trascender el método. Renato lo traspasó, y supo encontrar la esencia. Nuestra esencia. Nos leyó, nos descubrió, nos identificó. Sabe lo que nos mueve; encontró el ritmo, degustó el “sabor” que nos deleita y nos lo dio a probar. Literalmente, puso a nuestros pies los mejores músicos, las mejores voces, el mejor repertorio. Y eso sólo lo pueden hacer quienes gozan con lo que hacen. Quienes aman su trabajo y viven para él. Y quienes viven para compartirlo, como nos lo ha compartido nuestro eterno icono y referente.